Xunankab
Dicen que justo después de la creación, cuando los dioses terminaron de repartir los nombres, los dones y las etiquetas, quedó flotando un pequeño cabo suelto que llegó tardísimo a las filas de la repartición de identidades. Se veía como una pequeña chispa; no era luz exactamente, tampoco sombra, sino algo intermedio que tenía la costumbre incómoda de querer pertenecer. Como ya todo estaba asignado, los dioses, un poco resignados y un mucho divertidos, le dieron la oportunidad de salir al mundo e intentar ser lo que quisiera; pero esta chispa tenía claro que no iba a ser cualquier cosa, pues vaya oportunidad.
Así fue como apareció en la selva de la península de Yucatán, entre el olor a copal y la tierra mojada, dispuesta a investigar a los integrantes del rumbo para ver dónde encajaba.
Primero se presentó con las hormigas. Admiró su disciplina y su fuerza silenciosa para cargar el doble de su peso, pero vivir bajo tierra, lejos del sol, le dio alergia. “Demasiada estructura y muy pocas vacaciones bajo la luz”, pensó, y se fue con mucho respeto.
Luego intentó con los Escarabajos Peloteros. Muy fuertes, muy rudos, pero el “material” con el que trabajaban en el suelo de la selva no olía precisamente a uva fermentada. “Paso”, dijo la chispa mientras se limpiaba.
Después se topó con una mariposa solitaria. Era elegante, pero se la pasaba aleteando para llamar la atención y contemplando su propio reflejo en el agua, atrapada en un ego del tamaño de la selva. “Mucho amor propio, mucha apariencia y cero interés en la comunidad”, pensó la chispa mientras la dejaba admirándose a sí misma.
Visitó también a las Arañas. Quedó fascinada por su geometría perfecta y la paciencia infinita de tejer mundos enteros con sus propios cuerpos. El problema es que las arañas tejían para atrapar, y la chispa quería algo especial: quería reunir.
Por último, miró a las Abejas Reinas, pero el drama real, las ceibas sagradas y todo ese protocolo monárquico eran demasiado pesados para alguien que solo quería servir.
Entonces, la chispa se sentó en un tronco viejo, se sirvió una copa mental y decidió aplicar la técnica del “buffet”:
Se quedó con la disciplina de la hormiga, pues el talento te muestra el destino, pero solo la disciplina constante te lleva hasta él.
Se robó el estilo del escarabajo, porque la armadura, además de verse increíble, será necesaria.
Adoptó el interés de la mariposa, pero no hacia sí misma, sino hacia un propósito mucho más grande.
Y se quedó con la astucia de la abeja, pero sin el aguijón, porque eso de andar picando es de muy mal gusto.
¿El resultado? De esa mezcla imposible de dulzura y propósito nació algo nuevo: Xunan Kab, la Abeja Melipona, la única abeja orgullosamente mexicana que construye su hogar con cera y
propóleo dentro de los jobones, cuya miel es tan exclusiva, espesa, ácida y dulce a la vez, que solo los que saben, saben.
La chispa que no sabía dónde pertenecer terminó siendo el sostén secreto de un mundo entero. No con aguijón. No con fuerza. Con constancia, con dulzura, con la disposición silenciosa de dar sin pedir nada a cambio.
Esta botella existe por ella. Por la Xunan Kab, la señora abeja, que lleva milenios modelando el mundo desde adentro. Y por todos los que cuidan lo pequeño sabiendo que en lo pequeño vive todo lo que importa.
Cuídala. Sin ella, el hilo que sostiene la armonía se rompe.