El Círculo de las Luciérnagas

El círculo de las luciérnagas
Una historia para leer con el corazón abierto
Hay vínculos que sobreviven al silencio, al dolor, al paso del tiempo y esta historia es uno de ellos.
Una mujer mayor cierra los ojos.
Y se permite, por un instante, regresar a ese lugar donde fue feliz.
Quizá… por última vez.
¿Cuál sería ese lugar al que tú volverías?
Ella regresaba en su mente a las faldas de un cerro.
Ahí, cada verano, el mundo parecía detenerse.
La casa de los abuelos, la privada misteriosa,
las galletas hechas con risas,
las luchas con piñas, los juegos con tienditas de mentira,
y la espera a que dieran las 7 de la tarde…
la hora de las escondidas.
Ahí se forjaron lazos sin saberlo,
tan fuertes que resistirían el paso del tiempo y el peso de la vida.
Las vacaciones eran ese lugar seguro,
donde no existían las posibilidades,
todo era tan hermoso y sencillo.
Siempre había un lugar al cual regresar,
pero eso, quizá, no duraría para siempre.
Sí, las vacaciones eran un lugar sin relojes, sin planes de vida,
solo risas, juegos, secretos y veranos infinitos.
Pero nadie imaginaba el futuro.
Las decisiones difíciles, las ciudades nuevas, las distancias,
las partidas que dolerían en el cuerpo y en el alma.
Cada una eligió su camino, con batallas propias,
cargando pérdidas, mudanzas, responsabilidades.
Con decisiones duras y con corazones rotos.
Su partida y la ausencia, pero con un amor que no cedió al tiempo y a la espera.
Y sí, el verano…
el verano siempre volvía.
Y con él, una excusa para reencontrarse.
Cambiaron los escenarios, cambiaron las conversaciones, cambiaron los sueños.
Pero ellas volvían. Ella volvía.
Porque lo que nace en los veranos de la infancia
permanece en el cuerpo y en la memoria,
como una promesa suave
de que el amor —el de verdad— no se rompe sino perdura.
Ilustración de: @tili.artstudio